Sexo en la Edad Media. Consideraciones sobre el Sexo de lo más Chocantes


24 marzo 2014  - 
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Sexo en la Edad Media. Consideraciones sobre el Sexo de lo más Chocantes
El reparo de algunas personas a la hora de practicar sexo a algunos, igual de reprimidos, les parece “decente” y a otros los deja con las ganas de seguir mordiendo ese muslito que otra vez se les escapa dejándole con un fuego abrasador en la entrepierna y un gran interrogante flotando al lado de su cabeza.

Ideas sumamente arraigadas en nuestra cultura nos molestan a la hora de practicar el sexo tal y como nos apetece, atrevido, saltarín y ajetreado, en definitiva, tal y como nos sale en ese momento, pues no siempre estamos romanticones ni nos apetece hacer lo mismo de la vez anterior. A veces, en la alcoba surgen dos velocidades: “¡Ay, no, aún no! y “Pero, por qué no?'”. Lo siguiente es un ambiente incómodo y no sabemos si enfadarnos y decir adiós o comprender qué está pasando. Quizá aún no nos hemos sacudido el polvo de las convicciones antiguas, las que nos atragantan una noche de pasión y las que nos hacen mantener relaciones sexuales insípidas.

El Amén en nuestras sábanas llenas de sudor y flujos

La religión, ésta o aquélla, tiene gran interés en ser la tercera persona en la alcoba, aquella que dice cuándo y cómo hay que revolcarse por el pajar manoseando el culito de quien nos apasiona. Pero, ¿a qué tanta obsesión?

Dicen que Sigmund Freud no habría tenido tanto trabajo si no llega a ser por la represión sexual de la iglesia Católica en la Edad Media. Muchas de las convicciones sexuales actuales están basadas en aquellos tiempos. Agobia solo de pensarlo y, al mismo tiempo, se explican muchas cosas. Las aseveraciones no siempre fueron fruto de la intención sino también del desconocimiento, pero a día de hoy, siguen flotando en el aire que respiramos.

En esos tiempos, la iglesia tenía opiniones y reglas sobre todos los aspectos de la vida sexual. El adulterio y la fornicación eran castigados a veces con la muerte, sin embargo, por un tiempo llegó a admitir a la prostitución como algo necesario para la sociedad. Otro de sus sorprendentes puntos de vista era sobre el matrimonio de los sacerdotes quienes en un momento dado podían casarse y tener hijos. A pesar de la oposición general de la iglesia al sexo parecía que estaba muy interesada en la materia. Se conservan escritos en los que se detallan actos sexuales con gran precisión e incluso parece que fueron redactados con disfrute. Los teólogos del momento hablaban sobre sexo y decían cómo acometerlo con cierta excitación, quizá desde su propia experiencia, quizá desde unas ganas desaforadas de hincar el diente a una redondita muchacha risueña y juguetona.

Ocultar el deseo y sonreír como una mosca

Si se seguían las normas de la iglesia, el sexo no figuraba entre la lista de posibilidades a cualquier hora del día. El celibato era la idea perfecta de acercarse al camino recto y si se practicaba sexo, era solo dentro del matrimonio y para procrear jóvenes retoños llorones y amorosos. ¿Le suena a los días de hoy?

El sexo fuera del matrimonio, o antes de ser celebrada la unión, era un riesgo. ¡Menudo rollo! Los sacerdotes informarían sobre quiénes se habían dejado llevar por la pasión y, como buenos chivatos, provocarían la condenación de los pobres que incurrieron en lujuria, desde trabajos forzados a la pena de muerte. Afortunadamente, hoy en Occidente no es así, pero en países como Irán, es el día a día, y eso que allí la iglesia Católica no pinta nada.

Además de la iglesia, también los nobles desaprobaban la fornicación y el adulterio, con la intención de no alimentar a los hijos de sus esposas con los sirvientes del castillo. Sin ir más lejos, Felipe el Justo, rey de Francia, mandó a sus tres hijas al convento cuando supo que mantenían relaciones de pajar con tres de sus caballeros. Una de ellas, nunca llego al lugar santo, murió de camino.

Normalmente, en los pueblos, los sacerdotes inducían a los fornicadores a casarse y así tapar todo comentario y pecado. Hoy en día, aún se casa a la pareja de jóvenes que va a tener un hijo inesperadamente.

Las posturitas: ¡No inventes!

La iglesia Católica, en su fervor por salvar almas, también dictó cómo debían colocarse los juguetones para practicar sexo, no fuera que les diera por inventar y saltara el Diablo de entre las sábanas.

Cualquier cosa fuera de la posición de El Misionero estaba considerada antinatural y, por lo tanto, un pecado. La mujer encima o a cuatro patitas era una aberración y podía llevar a confundir los roles. ¿Una mujer encima? ¡Qué atrevimiento!

Y si usted hubiese sido una loba en la cama del corral y hubiese montado a su hombre como le diera la gana, sepa que se habría enfrentado a tres años de trabajos forzados, y lo mismo si se hubiese puesto a cuatro patitas o le hubiesen pillado con el rabito en la boca. El sexo anal ni lo mencionaban de lo aberrante que les parecía.

El sexo oral era demasiado placentero y su propósito no era la procreación, por lo tanto, sáquese eso que se ha metido en la boca porque está cometiendo un pecado. ¿Es en la actualidad el sexo oral un problema para algunas personas porque lo asocian con algo lascivo, sucio o inmoral? Señorita, dese una vuelta por África a ver si logra correrse en la boca de un hombre. Después de unas mil vueltas puede que lo logre.

Total, que los teólogos estaba tan interesados en el tema de las posturas que, en principio, practicaban otros y no ellos, que Alberto Magno llegó a hacer una escala desde las más aceptadas a las menos:

El Misionero
De lado
Sentados
De pie
A cuatro patas

Alberto Magno concluyó diciendo que la más natural era la primera y que las demás eran moralmente cuestionables pero no pecado mortal. Vale, nos quedamos más tranquilos.

Los armarios, ¡a rebosar!

La posición de la iglesia Católica en cuanto a la homosexualidad fue proclamada de una manera muy clara por el teólogo Pedro Damián en su libro titulado con todo cariño y respeto El libro de la Gomorra. La sodomía fue tachada de la mayor aberración contra la naturaleza aunque el teólogo no detuvo ahí su paja mental, nunca mejor dicho, sino que arrasó igualmente con la masturbación, la masturbación mutua, sexo con ropa y sexo anal, cuya mención se evitaba a toda costa. Probablemente este Pedro Damián se ponía pelucas.

San Agustín fue quien extendió el término sodomía a cualquier cosa que no fuera sexo vaginal, a pesar de su estrechez de mente, llegó a mencionar el lesbianismo, es decir, reconoció por medio de su prohibición, que dos mujeres podían mantener relaciones sexuales sin la necesidad de un hombre. En cierto modo, es muy avanzado para su época, pues muchos países en la actualidad condenan la homosexualidad masculina con trabajos forzados o pena de muerte sin nombrar la femenina, solo porque no piensan que se pueda dar sexo entre dos féminas.

La iglesia comenzó a perseguir a los pecadores sexuales allá por el siglo XII. La sodomía se castigaba con la muerte, también podía significar la mutilación, la quema en la hoguera, el ahorcamiento y en el caso de los sacerdotes pillados in fraganti, podían ser colgados en una jaula hasta morir de hambre. Aún así, se sabe que algunas personas con mucho poder eran homosexuales, como el rey de Inglaterra Ricardo I Corazón de León. Historiadores del momento señalan que “comían del mismo plato y por la noche dormían en la misma cama” refiriéndose al rey de Francia Felipe II, quienes disfrutaron de un “apasionado amor entre ellos”.

Calcetines en el paquete

La obsesión por un gran paquete no es cosa de los anuncios de calzones de David Beckham, sino que viene de largo. En la Edad Media, una pieza abultada se cosía en la parte exterior del pantalón, más bien llamado calza, para resaltar el atributo masculino y hacerlo exageradamente grande. En aquel tiempo los hombres no se metían calcetines sino saquitos de arena o telas enrolladas con el único fin de resaltar su virilidad. ¿No podían resaltarla de otra manera?

Se dice que los zapatos acabados en punta también venían a sugerir el tamaño del pene del poseedor. Vamos, que como no podían atacar abiertamente a una dama, se metían arena en los calzones y se ponían zapatos de Aladino para captar su atención. ¡Habráse visto la forma de ligar!

¿Qué tenía que decir la iglesia sobre estos complementos masculinos? Que eran la moda del Diablo.

Los consoladores de la Edad Media

Aunque parezca mentira, hay referencias sobre el uso de consoladores por las mujeres medievales, particularmente en un libro de penitencia, obra que describe qué castigos hay por haber cometido determinados pecados. Vamos, el sueño de un masoquista. “¿Ha hecho eso que algunas mujeres acostumbran a hacer, fabricar un artilugio que imita la forma de un pene para satisfacer sus pecaminosos deseos? Sepa que si es así, debe hacer penitencia durante cinco años”.

La palabra “dildo” no se usó hasta el Renacimiento, según el diccionario Oxford, se trata de un utensilio hecho con eneldo (dill) y masa de harina (dough). Muy ocurrentes estas panaderas de la Edad Media. Entonces, ¿los colines de hoy?

Virginidad y castidad: ¡Menudos castigos!

La iglesia medieval estaba convencida de que el celibato era la única forma de llegar al Dios, así como si Él no hubiese inventado el sexo.

El culto a la virginidad fue enfatizado por la figura de la Virgen María. La virginidad era el ideal al que todos aspiraban pero pocos alcanzaban, y es que dedicarse a contar ovejitas en el corral era mucho más aburrido que zambullirse en la paja y retozar como dos gatos en celo, arrancarse la ropa con toda rapidez y dejar fluir la sexualidad por todo el establo. ¡Simplemente como dos animalitos pelones!

La paranoia de la virginidad era tanta que la iglesia permitió que las que ya habían jugueteado por lo pajares volviesen a ser vírgenes e incluso aquellas que habían sido madres. Lo único que tenían que hacer era morir en vida, es decir, arrepentirse de todo lo bueno que hubiesen hecho, e ingresar el un convento hasta su muerte. ¡No es tan difícil!

La castidad estaba tan bien considerada como la virginidad. El famoso cinturón de castidad se piensa que nació en aquella época sin embargo, esa forma tan audaz de forzar la castidad de las esposas fue ideada en el siglo XIX. No sabemos cómo los maridos se quedaban tranquilos con el cinturón aprisionando a las esposas, probablemente ellas se dedicaban a comérselo y a chupársela a toda la corte.

La prostitución: ¿quiere pasarlo bien?

La prostitución existía en la Edad Media tanto si la iglesia la aprobaba como si no. En las grandes ciudades, las prostitutas practicaban sus labores de una forma anónima y sin mayor problema. Por un tiempo, fue permitida con el ánimo de contener la violación, homosexualidad y el adulterio. Ser prostituta en el prostíbulo estaba bien visto, pero hacerlo en pequeñas aldeas o fuera de la zona reservada para tal efecto podía significar la mutilación o la muerte.

La virginidad, la castidad...¿y la anticoncepción?

Curiosamente, a la iglesia le importaba menos la anticoncepción que poner límites a la vida sexual de las personas. Los medievales tenían sus métodos para prevenir la concepción de los retoños pero esos métodos no preocupaban a la iglesia. Aparte del coitus interruptus, existían unos preservativos hechos con tripas de animales que usaban varias veces, pero parece que los usaban más con la idea de prevenir la sífilis que los embarazos. Las mujeres usaban ungüentos que se aplicaban en la vagina como espermicidas.

Este hombre no funciona

Y, ¿qué pasaba con aquellos hombres que sufrían de disfunción eréctil? Aquellos que no podían mantener relaciones sexuales caían en manos de los investigadores privados. Si estos determinaban que, efectivamente, el hombre no podía, se procedía a separar a la pareja. Ni más ni menos.
24 marzo 2014  - 
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